ECONOMÍA DE LA SOSPECHA
La presente reflexión nace de un contexto. Éste parte de una lectura crítica de un texto de Substack de Alberto Ruíz Villaverde titulado: Representar un precio no es lo mismo que explicarlo.
A raíz de su análisis de dos autores con líneas contrapuestas, como son Juan Ramón Rallo y Alberto Garzón sobre la cuestión del carácter preciso del instrumento formal de las curvas de la demanda y la oferta y su intersección en el precio de equilibrio, Alberto Ruiz Villaverde aporta su argumento sobre cómo ve la cuestión. El expone que representar no es explicar, y que se trata de un instrumento de verificación ex post.
Yo no soy economista puro, si acaso la intersección entre economista y filósofo. En cualquier caso leyendo las posiciones de estos autores me cuestiono en el caso de la curva de la demanda si esta es un instrumento de valor ontológico, que recoge fielmente incluso a aquellos que son insolventes o que no pueden optar siquiera al mercado de la vivienda, a pesar de su necesidad no capturada por los datos. El caso, es que algunas de estas dudas me han invitado a reflexionar en profundidad sobre el carácter lógico del instrumento, o ley de la oferta y la demanda, que para un economista ortodoxo no admite discusión.
Lo primero que he pensado, es que la interpretación de las curvas de oferta y demanda, se hace en base a tres reglas o principios fundamentales:
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El principio de maximización: que invita a no conformarse con una determinada cantidad de renta o riqueza, sino que anima a maximizar o a incrementar la riqueza o la producción.
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El principio de competencia: el mercado o instancia donde se negocia o se establece el intercambio de los bienes y servicios es de carácter competitivo.
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El principio de escasez o finitud: Todo producto, bien o servicio se rige por la finitud o escasez que afecta directamente a su valor.
Bueno, esto es una aproximación, no tiene aspiración de ser una taxonomía estricta, pero sí orientativa para mostrar cómo un mismo instrumento puede leerse de diversa forma fuera de su propio sesgo ideológico.
Tomemos la hipótesis de que estos principios no son naturales, sino impuestos, y que de alguna forma lo rigen o condicionan todo. Por ejemplo, se nos puede ocurrir, establecer principios alternativos por oposición basados en otra forma de pensar o de ser.
Así, propongo invertir los principios con los que se interpretan los instrumentos formales a nivel teórico que pretenden capturar una determinada realidad económica, estos tres principios análogos podrían ser:
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El principio de minimización o austeridad: el cual invita a conformarse con lo básico, a casarse con la frugalidad, con lo estrictamente necesario.
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El principio de cooperación: en el que sistema institucionalizado de intercambio es de tipo cooperativo.
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El principio de finitud complementaria: un principio, por ejemplo, basado en compartir aquello que nos sobra, mitigando la escasez al tornar bienes y servicios complementarios.
Bueno, cualquiera me puede decir que son principios utópicos. Ciertamente, lo son, pero nos sirven como muestra de la arbitrariedad o la capacidad performativa que tiene el ser humano a la hora de determinar su propio horizonte “ideológico”.
Qué pasaría si estos últimos fueran los principios rectores de la conducta humana. Qué valor tendrían algunos instrumentos, como la Ley de la oferta y la demanda, u otros constructos diseñados bajo la égida o los vientos de una determinada corriente ideológica. Sin duda muchos quedarían sin efecto, o deberían de sufrir modificaciones adaptativas.
Este ejercicio de filosofía económica, o economía de la sospecha, nos indica algo interesante, que los instrumentos y constructos teóricos responden en su mayoría a un determinado diseño que a su vez es tributario de una determinada ideología. Y no solo eso, sino que dentro de las posibles ideologías, existe una sola como dominante o hegemónica, que no solo determina la conducta social y la forma de pensar del ser humano a nivel individual, sino que vincula poderosamente dicha visión a una realidad humana que pasa o se confunde con una realidad natural o científica.
Así, si pregunto a un Catedrático de Economía, sobre la cuestión de la oferta y la demanda su contestación será taxativa. Y tendrá razón, dentro del marco teórico que hemos naturalizado al ser un patrón vinculante de comportamiento y pensamiento hegemónico.
El problema, es que en ocasiones la ideología dominante no es la más justa o representativa a nivel humano. Es decir, que no expresa la soberanía de la mayoría de los seres humanos. Sino que se sustenta en una representación minoritaria de una personas que abrazan el éxito y el poder del modelo ideológico imperante. Y que como consecuencia se resisten a abandonar o siquiera a cuestionarlo, ya que el poder en dicha ideología está representado de forma asimétrica, lo cual, no deja de estar legitimado por una extensa literatura que naturaliza la ineficacia y la injusticia impidiendo una alternancia o un ajuste de dicho modelo ideológico.
A nivel filosófico y humano esto implica consecuencias graves. Vemos externalidades multiplicarse, el problema climático, la desigualdad, la crispación política irreversible, que son al fin de cuentas síntomas de todo lo negativo que nuestro modelo económico actual proyecta sobre nuestras sociedades civiles. Sin embargo, es importante despertar y darnos cuenta de nuestro poder como especie, y de nuestra capacidad y poder soberano para decidir libremente nuestro próximo paso en la construcción de nuestra realidad compartida.