¿SOMOS LIBRES O ESTAMOS PLENAMENTE DETERMINADOS?
Antes de tomar decisiones solemos desarrollar simulacros mentales para valorar el impacto de las mismas. Tenemos esta opción mediata, sostenida en el tiempo o bien nos guiamos por un impulso o automatismo inmediato casi irreflexivo.
El problema de la decisión no es baladí, porque representa la consecuencia o el efecto de una causa mucho más compleja, esto es, la configuración de los valores o “pesos” con los que dirimir la respuesta apropiada.
Pero… ¿Apropiada para qué o para quién? Tal vez, tengamos que establecer un cierto reduccionismo biológico, señalando que el ser humano se encuentra en un ecosistema hostil, que debe domeñar o domesticar para garantizar su propia supervivencia.
Es decir, que parte de nuestros simulacros mentales en su afán anticipatorio producen respuestas meditadas o calculadas en base a una inferencia de tipo moral. El pensamiento parece someterse al dictamen de ciertas valoraciones. Finalmente el resultado de nuestra conducta establece un puente con la realidad y entonces comprobamos lo acertado o desacertado de nuestra previsiones. En ese momento, aprendemos y ajustamos nuestros “pesos” o valores, de cara a futuras interacciones.
Sin embargo, no siempre o en todo momento estamos cavilando, sino no seríamos seres funcionales ya que existen innumerables situaciones que requieren una respuesta rápida o al menos semiautomática. Para ello existe la memoria, como capacidad donde almacenar nuestras preferencias testeadas en el tiempo de manera que tengamos respuestas de garantías para cada situación conocida.
El caso, es que estas respuestas aprendidas, almacenadas y vueltas a poner en práctica, con escasas variaciones, son actos reflejo de la mente, un territorio fértil para la inmediatez y la fugacidad funcional que nos dotan de una habilidad muy necesaria para abordar con éxito la demanda de la mayor parte de las tareas vitales. Sin embargo, fiarlo todo a esta inercia que algunos asocian con la “vida” supone un riesgo teniendo en cuenta la procedencia o el origen de algunos de los valores que entran en juego.
Afortunadamente para complicar las cosas están los filósofos como paladines de la mediatez aunque también estos pueden ser víctimas de un rumiar excesivo y circular que anule su iniciativa en el plano de la acción vital.
Pero los problemas de excesos son menores en comparación con el problema de la importación de valores. Es decir, qué tipo de valores escogemos, de qué orientación o calidad humana, para nuestra toma de decisiones. Aquí estriba el peligro, el temor real de no pensar de forma mediata por uno mismo, sino asumir un tipo de pensamiento traducible en una acción, que es fruto de valores ideológicos ya prefabricados, a los que hemos estado expuestos y que reproducimos de forma acrítica. Sin darnos cuenta, mimetizamos nuestro pensamiento y conducta con directrices ideológicas dimanadas de fuentes externas que acaban rigiendo el resultado de nuestras acciones tanto mediatas como inmediatas. Y cuando esto ocurre en un grupo o comunidad, a nivel social, tenemos un movimiento o corriente de poder ciego, que siempre torna a los sujetos más manejables y manipulables.
Por todo ello, detengámonos un instante y observemos el interior del armario, observando el reflejo de la autocrítica en el espejo de nuestra conciencia.